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Dinámica Cultural:
Dos polos generadores de cultura regional y nacional eran las Danzas Folclóricas y el Museo Arqueológico de Armero. Más de un cuarto de siglo y con la fundación de Inés Rojas, Alipio Cuenca, Miray Marín y los hermanos Devia, las Danzas Folclóricas de Armero, consideradas como las mejores del Tolima por la crítica nacional, seguían agregando más galardones a la inmensa cantidad de los entregados en medio de ovaciones retumbantes a través de sus giras permanentes por todos los rincones de Colombia. La infatigable directora, Inesita de Rojas, conseguía la renovación de uniformes presentándose en los actos culturales que con frecuencia se programaban en su capital y con la escasa ayuda real, además de los discursos oficiales estaba abandonada por la mano del gobierno de su departamento como si la pareja escogida para el baile fuera el abandono sin posibilidades para la investigación y la cultura más amplia insinuada por escritores como Manuel Zapata Olivella que alcanzó, impresionado por su autenticidad, a dejar un casette en video de casi hora y media retratando el testimonio de la danza y el esfuerzo. 
Quince años llevaba de fundado otro núcleo cultural impulsado por el espíritu inquieto, como lo diría un viejo académico, de un antiguo profesor de secundaria a quien no pocos desde entonces le endilgaron el calificativo de enajenado, digno de ser un huésped permanente del hospital mental y que fundara el Club de Investigaciones Carlos Roberto Darwin, de cuya laboriosa tarea quedaba un tesoro importante de nuestro pasado instrumental precolombino y hasta un conjunto diverso de las armas utilizadas en la legendaria guerra conocida como la de los Mil Días. Edgar Efrén Torres, fundador y director del "Museo Arqueológico y de Ciencias Naturales", realizó búsquedas sistematizadas en el campo de la biología y la arqueología y contaba ya con la nada despreciable cantidad de 2.836 piezas en medio de un portentoso olvido oficial. Pero si se tratara de continuar con la mirada sobre la ciudad, ostentando orgullosa el título de Blanca, a pesar de que los algodoneros estuvieran lindando con la quiebra y de que el sembrado no fuera abundante, hacia las afueras, camino a Mariquita, luego de atravesar algunos balnearios, el sitio de habitación de las serpientes y las mismas haciendas ganaderas, los cultivos o el paso de los burros en cuyo conteo los turistas apostaban a ver cuál veía más, también se hallaba la Granja experimental Agrícola, donde estudiantes de la Universidad del Tolima realizaban prácticas de agricultura, ganadería y porcicultura y hasta consultas médicas gratuitas. Sin embargo, ir hasta el serpentario, sitio de leyenda (donde además se investigaba la fórmula para combatir la lepra), era un atractivo a unos cuantos kilómetros de Armero donde el Ministerio de Salud contaba con su centro de experimentación alcanzando considerables proporciones en la cría de ofidios. Allí, las cascabeles en gran número, las tallas, los mitaos y las verrugosas, se alimentaban de ratones blancos, arrastrándose lentas luego de llenarse. 
Armero, con una población estudiantil total de 7.672 alumnos entre primaria y secundaria, se debatía en medio de su riqueza y de toda su aparente blancura y la placidez que puede brindar un café en la mitad de la plaza rodeado de palmeras, con una buena serie de necesidades cabalgando en la misma mirada de sus gentes que de pronto, en arranques de desbordamiento querían ir a dormir al serpentario o conversar sobre la vida de otros mundos con los habitantes de la noche larga en el hospital mental, aunque con un poco de esperanza, a pesar de que en sus últimos días comenzaran a caer demasiadas cenizas que con la palabra de "Dios proveerá", anunciaban el principio del fin.

EL TURISMO


Si bien es cierto Armero podía considerarse con una mayor extensión de tierra plana, también ello hubo de permitirle, por sus numerosas corrientes repartidas en ríos y quebradas, una buena parte de su atracción turística donde los balnearios, levantados en sus riberas, eran parte de su ambiente agradable para dejar transcurrir un poco de manera grata la existencia. Pero si se trata de discurrir sobre los sitios recreativos, podría también pensarse en el Club Los Pijaos, el Campestre o el Social y hasta distraerse con la emisora Radio Armero que en transistores de mano sintonizaban programas de boleros antiguos, rancheras y vallenatos lanzados en emisiones de complacencia. Los oían no sólo asiduamente desde las casas o a la orilla de los andenes donde sentados en taburetes se reunía la familia para recibir el fresco de la noche, sino caminando por los cuatro parques que iban desde el Infantil, Los Fundadores, El Santander y el 20 de julio. Y además, deseando cambiar los estáticos programas de televisión, recibían el sereno corriendo un abanico por el rostro en el teatro Bolívar o el Colombia con acciones al fondo de los viejos pistoleros o los corridos de José Alfredo Jiménez.

PRODUCCION


No imaginando jamás que el censo de 1985 iba a ser el último de sus vidas, los pobladores de Armero dieron datos a empadronadores que arrojaron unas cinco mil viviendas en la cabecera y una población aproximada a los 38 mil habitantes, repartidos a lo largo y ancho de 432 kilómetros cuadrados para entonces. Allí figuraron sus corregimientos de San Pedro y Méndez, la inspección departamental de policía de Guayabal y nueve fértiles veredas. Armero contaba con una fulgurante producción agrícola de 4.500 hectáreas sembradas en arroz y era conocida no sólo en el plano de las estadísticas como despensa importante del Tolima, sino que el algodón le ofreció la característica a través de 3.300 hectáreas regadas al lado de las carreteras que reflejaban, a cualquier mirada, unas llanuras cubiertas de blanco bajo su clima cálido, como si se tratara, paradójicamente, de alguna pequeña ciudad de Europa por los días de diciembre. El sorgo, distribuido en 4.500 hectáreas y el maní en 7.500, cerraban, junto a una menor producción de maíz y ajonjolí, para no contar cerca al centenar poblado de café, la gran  riqueza, la bella variabilidad de un municipio agrícola cuya mayor parte de extensión al estar ocupada por cultivos aprovechables para la ganadería, convertía al antiguo San Lorenzo en una de las regiones, también, de mayor producción ganadera del Tolima.

TROFEO DE GUERRA

Los viejos combatientes indígenas del Tolima llevaban a sus allegados, como trofeo de guerra, el cráneo de su enemigo.
  
Cuando los españoles comenzaron a pasearse altivos por el territorio conquistado que ocupaban los indios -donde hoy está localizado lo que queda de Armero- las tribus terminaron por organizar una rebelión y hasta dieron bebedizos a sus mujeres para hacerlas estériles, llegando a reducirse, de treinta a cuarenta mil indígenas que se calcula que existían, a un simple millar por los días finales del siglo XVI. Pero ya todas esas lejanas horas de la historia alcanzan a parecer una leyenda, y apenas los lectores de libros sacros, al decir del poeta Jorge Zalamea, recordaron, en las viejas veladas a la orilla de los andenes, muchas de las escenas del viejo combatiente indígena que llevaba como trofeo de guerra el cráneo de su enemigo.

Todo el antiguo esplendor de los indomables Panches que comprendían varias tribus y realizaron la primera rebelión en 1550, hubo de quedar como una emocionada enseñanza para los niños de escuela primaria que supieron cómo respondían sus antepasados a la hostilización, al acto de ser humillados y ofendidos, al exceso de tributos y trabajos y a la esclavitud.

LA FUNDACION


Entre los ríos Sabandija y Lagunilla en cuyas llanuras se entrevistaron los conquistadores Sebastián de Belalcázar y Hernán Pérez de Quesada, se observaron unos ricos aluviones de oro que fueron explotados con el permiso de la Real Audiencia de Santa Fe. Entonces estructuraron el "Plan de Pacificación" y el comienzo de una colonia que Elías Cano bautizó con el nombre de San Lorenzo y que tuvo, el 19 de febrero de 1845, la inundación para ellos más grande de la cual se tuviera noticia desde los días del diluvio universal. 
Ya empezaba una nueva era cuando los Panches, viviendo de la agricultura, la pesca y la caza, también sobrevivían con las plantaciones de coca que masticaban antes de iniciar sus correrías y hazañas guerreras. Algunos años después, en los territorios del distrito de Guayabal, iniciaron la formación del caserío doña Dominga Cano de Rada, Raimundo Melo, Aurelio Bejarano, Sinforoso Chacón y Marcos Laín, entre otros, para determinar, en 1906, la donación de cinco hectáreas, distribuyendo 50 metros para la iglesia, cien para la plaza principal y tres y media manzanas con sus bocacalles para formar el pueblo de Armero.

Situación geográfica:


Desde la orilla del río de la Magdalena hasta la zona de la tierra templada, en las faldas de la Cordillera Central, se hallaba extendido el municipio de Armero, con territorios planos y quebrados abarcando una extensión de 380 kilómetros cuadrados. El censo de 1938 había registrado un poco más de 14 mil habitantes pero en su cabecera residían 6.401 con una no muy notable diferencia entre mujeres y hombres, contabilizando aún los niños. Su mapa, con inclusión de ríos y de límites, era enseñado como tarea obligatoria en las escuelas y traduciendo las convenciones explicativas de sus carreteras y ferrocarriles, caminos de herradura y la ubicación de los corregimientos e inspecciones departamentales, al igual que algunos caseríos y sitios de importancia. Para entonces, 56 hectáreas  de solares y ejidos, eran terrenos por los cuales no se cobraba arrendamiento alguno en la antigua cabecera ubicada en Guayabal. 
Situada sobre una planicie, con una altura sobre el nivel del mar de apenas 321 metros, Armero, con una temperatura media de 27º centígrados, había comenzado a formarse por los años de 1895, creciendo con el nombre de San Lorenzo. Por los días en que el ferrocarril se prolongaba desde la Dorada hasta Ambalema, convertido en importante puerto de aquella maravilla del transporte, cobró un milagroso crecimiento gracias también a la llegada incansable de productos venidos de la rica comarca del Líbano, asentamiento extraordinario fundado por los que hicieron de la migración antioqueña la epopeya del hacha y de las mulas. Ocho años tenía de estatura el siglo que agoniza cuando se volvió de verdad por un decreto cabecera municipal, y en la celebración pomposa, evocando oficialmente un 20 de julio, de 1930, cambió su primitivo nombre del santo por el de un prócer de nombre José León Armero, fusilado por causa de la Independencia. Y aunque sus 830 casas aún estaban construidas en bahareque y la tradicional teja metálica que resplandecía con el sol, sus calles rectas y arborizadas, sus 4 escuelas y una iglesia levantándose en virtud a la ayuda de pequeñas festividades, comenzaban a conformar orgullosas el verdadero rostro de la comunidad. El hospital de aquellos años se daba el lujo de tener 50 camas disponibles y un centro de higiene con servicios de gota de leche y salacuna. Un comercio pujante que le daba en ocasiones la imagen de un mercado persa para algunos, hervía gratamente y las trilladoras de arroz, maíz, café, una desmotadora de algodón y además una fábrica de aceites y grasas vegetales formaban su concierto cotidiano. A corta distancia de la capital, nombre que gustaban decir los campesinos no sin un cierto orgullo cuando emprendían el viaje de compra de productos o su venta, se hallaba la granja agrícola experimental y el espectáculo de los fines de semana, un portentoso serpentario donde se producían sueros contra las mordeduras de ofidios venenosos. En los comienzos del año y a mediados, por junio, la feria semestral de ganados le imprimía un ambiente de fiesta en jornada continua, al igual que los sábados y domingos cuando gentes de casi todas las casas se desplazaban al encuentro con "la galería" en la búsqueda de su mercado semanal.