Los viejos combatientes indígenas del Tolima llevaban a sus allegados, como trofeo de guerra, el cráneo de su enemigo.Cuando los españoles comenzaron a pasearse altivos por el territorio conquistado que ocupaban los indios -donde hoy está localizado lo que queda de Armero- las tribus terminaron por organizar una rebelión y hasta dieron bebedizos a sus mujeres para hacerlas estériles, llegando a reducirse, de treinta a cuarenta mil indígenas que se calcula que existían, a un simple millar por los días finales del siglo XVI. Pero ya todas esas lejanas horas de la historia alcanzan a parecer una leyenda, y apenas los lectores de libros sacros, al decir del poeta Jorge Zalamea, recordaron, en las viejas veladas a la orilla de los andenes, muchas de las escenas del viejo combatiente indígena que llevaba como trofeo de guerra el cráneo de su enemigo.
Todo el antiguo esplendor de los indomables Panches que comprendían varias tribus y realizaron la primera rebelión en 1550, hubo de quedar como una emocionada enseñanza para los niños de escuela primaria que supieron cómo respondían sus antepasados a la hostilización, al acto de ser humillados y ofendidos, al exceso de tributos y trabajos y a la esclavitud.